¿Cuánto vale la felicidad? (¿La paz, la calma, el enojo, el placer?)

Una obra de arte puede hacerte sentir distintas emociones, desde la más compleja hasta la más simple. Pero, ¿realmente se puede esperar que eso sea barato? La emoción que evoca no se mide por el precio, y aún así, muchas veces, la sociedad pone un valor económico a esa emoción. ¿Es justo? ¿Es real?

Pero al mismo tiempo, todo comienza con una simple idea, un pensamiento en la mente del artista. Esa idea se plasma en un medio físico que, en la mayoría de los casos, no es de alta gama ni necesariamente caro. Los materiales no son siempre exclusivos ni de difícil acceso, entonces, ¿qué es lo que realmente le da valor a una obra de arte? ¿Es el material? ¿Es el tiempo invertido en la ejecución?

Podrías crear una obra con piezas recicladas, con medios nuevos, unos más costosos que otros. Puedes hacer arte con casi cualquier cosa a tu disposición. Entonces, ¿qué le da ese precio tan alto a una obra? ¿Se debe pagar como un trabajo de oficina donde se cuentan las horas de creación? Pero en ese caso, ¿también contamos las horas que pasaste pensando, soñando, visualizando lo que querías crear? Es que, ¿quién sabe cuántas horas de reflexión o de lucha interna se invierten antes de poner manos a la obra?

Tal vez el cálculo debería ser similar al de los trabajadores que construyen o arreglan cosas, la tan famosa fórmula del “costo de los materiales al doble y una comisión extra”. Pero eso no refleja lo intangible, lo que no se puede medir, como la visión detrás de la obra. Y ahí radica la dificultad de poner un precio justo.

Yo creo que una obra de arte vale lo que el artista valga en el mercado. Si tienes los contactos adecuados, los mismos que mueven masas y dinero, es posible que tus obras se vendan por precios exorbitantes. El arte, entonces, se convierte en un bien de lujo, accesible solo para unos pocos, y si tienes suerte o la habilidad para moverte en el círculo adecuado, puedes llegar a tocar esas cifras estratosféricas.

Sin embargo, ¿y qué pasa con la persona común que quiere expresar su arte sin las conexiones necesarias? ¿Es su arte menos valioso? La respuesta, a pesar de lo que nos enseñan, es que no. El valor de la obra de arte está en su capacidad de transformar, emocionar, hacer pensar, o simplemente hacer sentir algo. Y eso no se mide en dinero, aunque el mercado sí quiera convertirlo en eso.

El arte de poner precio a tu obra no es solo sobre las técnicas o materiales que usas; es saber venderte, saber hacer ruido, que más personas escuchen lo que tienes que decir y quieran formar parte de tu mundo, incluso si ese mundo no se ajusta a los parámetros de lo “comercial”. ¿Y qué pasa con la suerte? Claro, la suerte puede ser un factor, pero no podemos negar que, sin esfuerzo y dedicación, esa suerte no serviría de mucho. El talento por sí solo no es suficiente si no sabes cómo mostrarlo.

Para ti, tus obras valen mucho, y puede que para otros también lo valgan, pero para que puedas vivir de ellas, debes saber jugar ("el juego del mercado"). Un juego, dicho sea de paso, que a veces se siente más como una carrera de obstáculos que una oportunidad real de crecimiento artístico. Pero, al final, ¿quién decide qué es “artístico” o “valioso”? Quizás el verdadero valor se encuentra en la autenticidad de la creación, en lo que esta aporta al mundo, y no en las cifras que una etiqueta de precio le pueda poner.

En muchos casos, el arte se convierte en una transacción social. Pero, mientras haya quien valore lo auténtico, tal vez el verdadero precio no sea el que se ponga en una etiqueta, sino el impacto que tu obra tenga en quien la observa